Existen ciertos músicos muy respetados - y probablemente muy respetables - que a mi parecer están descompensandos. La eterna pregunta de ¿letra o música?. Pongo un ejemplo: Eric Clapton. Nadie puede cuestionar que es uno de los más virtuosos guitarristas sobre el planeta, capaz de crear melodías imposibles. Pero ¿alguien se ha parado a analizar sus letras? Tiene buenos temas, pero ¿acaso los artistas que hacen con la pluma lo que hace él con la mano reciben el mismo reconocimiento?. Alguno. Bob Dylan, por ejemplo, aunque a mi personalmente me aburre y me cargan los artistas trascendentes.
Todo esto viene porque yo desde pequeño he dado tanto importancia a la letra como a la música. Las instrumentales que acompañan los versos de Sabina no son una oda a la composición polifónica, sin embargo gusta. Voy más alla. Pongamos los dos extremos. Javier Krahe, Frank Delgado o Brasens. Tres de los mejores letristas que he escuchado en mi vida, aunque este último me pille algo trasnochado. Su música...en fin...Pero pocos -siendo generosos- encajan el léxico como ellos, crean unas estructuras sintácticas tan complejas y cuentan historias tan interesantes de forma tan sencilla. En el otro lado de la ecuación tenemos a un montón de negros sureños estadounidenses que tienen el gen de la melodía en su cadena de ADN. Solo ellos son capaces de crear sones tan armoniosos e interpretarlos con tanto sentimiento. El problema es que sobre esas instrumentales repiten durante 7 minutos y medio: "Oh! nena! que solo me has dejado" (no hay un blues en el que no se precie un "lonley"). Si acaso algún otro aullido melancólico.
Lo cierto es que cada estilo de música tiene sus matices y quizá esté buscando un baremo imposible de encontrar. Pero hay algo que tengo claro: Eric Clapton cambiaría un poco de atrofia en sus dedos por crear los versos de Sabina.
martes, 12 de agosto de 2008
miércoles, 14 de noviembre de 2007
¿Cual es mi patria?
martes, 13 de noviembre de 2007
Que alegría vivir...
Qué alegría,
vivir sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable de un cielo oscuro,
de un paisaje blanco,
recordaré estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
vivir sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable de un cielo oscuro,
de un paisaje blanco,
recordaré estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
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