martes, 12 de agosto de 2008

En el término medio está la prefección.

Existen ciertos músicos muy respetados - y probablemente muy respetables - que a mi parecer están descompensandos. La eterna pregunta de ¿letra o música?. Pongo un ejemplo: Eric Clapton. Nadie puede cuestionar que es uno de los más virtuosos guitarristas sobre el planeta, capaz de crear melodías imposibles. Pero ¿alguien se ha parado a analizar sus letras? Tiene buenos temas, pero ¿acaso los artistas que hacen con la pluma lo que hace él con la mano reciben el mismo reconocimiento?. Alguno. Bob Dylan, por ejemplo, aunque a mi personalmente me aburre y me cargan los artistas trascendentes.

Todo esto viene porque yo desde pequeño he dado tanto importancia a la letra como a la música. Las instrumentales que acompañan los versos de Sabina no son una oda a la composición polifónica, sin embargo gusta. Voy más alla. Pongamos los dos extremos. Javier Krahe, Frank Delgado o Brasens. Tres de los mejores letristas que he escuchado en mi vida, aunque este último me pille algo trasnochado. Su música...en fin...Pero pocos -siendo generosos- encajan el léxico como ellos, crean unas estructuras sintácticas tan complejas y cuentan historias tan interesantes de forma tan sencilla. En el otro lado de la ecuación tenemos a un montón de negros sureños estadounidenses que tienen el gen de la melodía en su cadena de ADN. Solo ellos son capaces de crear sones tan armoniosos e interpretarlos con tanto sentimiento. El problema es que sobre esas instrumentales repiten durante 7 minutos y medio: "Oh! nena! que solo me has dejado" (no hay un blues en el que no se precie un "lonley"). Si acaso algún otro aullido melancólico.

Lo cierto es que cada estilo de música tiene sus matices y quizá esté buscando un baremo imposible de encontrar. Pero hay algo que tengo claro: Eric Clapton cambiaría un poco de atrofia en sus dedos por crear los versos de Sabina.